Postales desde el quinto B, número 18

Me crié en la trastienda de una librería. En ella, mi madre vendía libros, prensa, revistas, material escolar y se hacían fotocopias. Así que, en ese entorno, no tardé mucho tiempo en poner todos sus recursos al servicio de mis ocurrencias editoriales. Recuerdo que copiaba textos de aquí y de allá con la máquina de escribir de mi madre, fotocopiaba ilustraciones y producía las mías propias con mi caja de rotuladores Carioca. Todo eran compilaciones. Mi labor se limitaba a seleccionar temas y producir obras más sintéticas derivadas de las originales. Creo que esta afición mía por la edición hizo que durante muchos años las revistas fueran mis publicaciones favoritas. Son muy atractivas. Te ponen al alcance información de temáticas variadas. Son muy visuales. Pueden ser sintéticas o detalladas y su publicación evoluciona con el tiempo. Son —o eran— la materialización de lo nuevo.

Hoy cuesta imaginarse a las revistas de esta forma, pues tenemos acceso a sus contenidos a través de internet, ya sea en webs, blogs o en las omnipresentes redes sociales. Quizás, la revista es el medio que peor ha soportado la digitalización, aunque hay que reconocer que ver una imagen impresa en treinta por veintiún centímetros, nada tiene que ver con hacer scroll en Instagram en el último iPhone.

A.


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